La fotografía deportiva con iPhone me devuelve a un lugar que forma parte de mi origen: el pabellón, el voleibol y el CAV Esquimo. Hay escenarios que no solo se fotografían; también activan una memoria de película, espera y aprendizaje, y este es uno de ellos.
Mucho antes de la inmediatez del teléfono, aquí hubo película, espera y una forma de trabajar en la que cada disparo tenía peso. La fotografía deportiva fue uno de mis primeros grandes conectores con la fotografía: anticipar el gesto, seguir la tensión del partido y comprender que una historia también vive en los márgenes de la pista.
En aquellos años no existía la revisión inmediata de la pantalla. Había que medir, decidir y aceptar que la respuesta llegaría después, cuando el carrete pasara por el laboratorio. Ese ritmo educaba la atención: obligaba a observar el juego antes de disparar y a reconocer el instante que merecía gastar uno de los treinta y seis fotogramas. Volver al mismo espacio con un dispositivo que siempre llevo conmigo cambia la mecánica, pero no esa disciplina.
Estas imágenes no pretenden imitar un archivo antiguo ni disfrazar su fecha. Me interesa el diálogo entre dos momentos de una misma práctica: la memoria del grano y la sensibilidad alta frente a la velocidad, discreción y cercanía que permite hoy el iPhone. La serie une al fotógrafo que empecé a ser con el que sigo construyendo partido a partido.
También cambia la posición desde la que miro. Puedo apartarme del centro de la acción y atender a los gestos secundarios: un fotógrafo concentrado junto a la banda, la espera del banquillo, el círculo previo al saque o la celebración que continúa cuando el balón ya no está en juego. En todos ellos sigue latiendo el deporte.
Volver al pabellón
Regresar ahora con un iPhone no significa renunciar a aquella memoria. Al contrario: me permite moverme con otra discreción, observar el trabajo de los compañeros, detenerme en el banquillo y atender a todo lo que sucede alrededor de una jornada de Liga. La herramienta cambia; la necesidad de contar permanece.


El partido y lo que ocurre alrededor
La Liga Iberdrola y la Superliga vuelven a llenar de intensidad un pabellón que conozco bien. Frente al equipo de Tenerife, la acción está en el balón, pero también en la espera del cuerpo técnico, en el círculo del equipo, en la celebración y en la cercanía con la grada. Son fotografías deportivas, sí, aunque para mí funcionan sobre todo como fragmentos de tiempo.



La fotografía después del último punto
El resultado ordena el marcador, pero no agota la historia. Quedan el grupo, los abrazos y las jugadoras acercándose a quienes las han acompañado desde la grada. Ahí vuelve a aparecer la fotografía que más me interesa: la que no se limita a demostrar qué ocurrió, sino que intenta conservar cómo se sintió.



Nota técnica
Todas las imágenes de esta entrada son fotografías digitales realizadas con un iPhone. El blanco y negro se ha revelado en Adobe Lightroom mediante presets personalizados para evocar —sin presentarlo como película real— la respuesta de una Kodak T‑MAX P3200 (TMZ), formato 135/36: grano visible, contraste firme, negros densos y altas luces contenidas. No son negativos escaneados ni fotografías analógicas; son una interpretación digital consciente que utiliza la estética fotoquímica como lenguaje y como vínculo con mis orígenes.


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