Hay mañanas que vale la pena tener la cámara cargada aunque no sea un día de trabajo. La Muestra al Aire Libre de Ventana Plástica fue una de ellas. Sol sin castigo, caballetes alineados y los colores de los lienzos compitiendo —con elegancia— con el color de la calle.
Como director creativo, mi lectura de la jornada tiene dos planos. El primero, el de vecino: la calle Real convertida en galería funciona. La gente se para, pregunta, compra. El arte público en Dos Hermanas tiene tirón cuando se presenta bien. El segundo, el profesional: Ventana Plástica ha madurado en su comunicación y eso se nota en cómo el evento se vive y cómo se recuerda después.
Lo que hace grande a una muestra de este tipo no es el número de obras expuestas. Es la sensación de que cualquiera puede acercarse sin protocolo. Eso es difícil de conseguir y Ventana Plástica lo tiene resuelto.
Un referente que sigue creciendo. Y que merece seguir creciendo.
Hay eventos que se sienten en el ambiente antes de cruzar la puerta. Lo que ocurre estos días en el Parque de la Alquería no es una feria de comida más: es una explosión de vida que los nazarenos han adoptado como propia desde el primer bocado.
La estética americana lo envuelve todo nada más llegar. Color, ruido, colas que avanzan con humor, familias que improvisan mesas donde pueden. La Champions Burger ha entendido algo que muchos operadores gastronómicos olvidan: que la gente no va solo a comer. Va a estar en algún sitio que merezca la pena.
He podido comprobarlo en primera persona. Lo que más sorprende no es el producto —que cumple con nota— sino la energía colectiva que genera el espacio. Hay algo en ese ambiente que hace que la espera forme parte de la experiencia. Dos Hermanas tiene una capacidad notable para apropiarse de lo que le gusta, y esto ya es suyo.
Que un evento así funcione en nuestra ciudad dice más de la ciudad que del evento. Buena señal.
Me gusta pasear y, sobre todo, me gusta hacerlo sin prisa. Salir a caminar por mi ciudad es una forma de estar, de volver a mirar lo que siempre ha estado ahí. A veces el paseo me lleva lejos; otras, apenas a la vuelta de la esquina. Da igual. Lo importante ocurre cuando bajo el ritmo y dejo que la mirada se adelante a los pasos. En este caso fue un muro. Un muro blanco, sencillo, casi invisible para quien pasa deprisa. Pero la luz decidió jugar y las sombras dibujaron otra cosa: un árbol que no estaba, una arquitectura efímera hecha de ramas proyectadas, de tiempo detenido. Me quedé ahí un rato, corroborando que lo cotidiano también se transforma si lo miras despacio. El paseo, más allá de lo saludable, es una excusa para redescubrir estos pequeños acuerdos entre la luz y las superficies, entre el cielo cambiante y las texturas más humildes. Fotografiarlo no es coleccionar imágenes, es confirmar que sigo presente, atento, dispuesto a dejarme sorprender por lo simple.
Una taza con sabor a empoderamiento femenino, fermentación consciente y dulzura natural
No todos los cafés cuentan una historia. Algunos simplemente despiertan, otros —como The Lady Carbonic— despiertan y cuentan. Lo último de Ineffable Coffee nos llega desde las montañas de Ywangan, en Myanmar, donde más de 400 mujeres caficultoras están transformando el paisaje del café de especialidad. Al frente del proyecto, Su Nandar Linn y Thi Ha Gyawalie no solo cultivan Red Catuai: cultivan futuro.
Este café es un ejercicio de alquimia natural. Se parte de una maceración carbónica que no tiene nada de improvisada: primero, las cerezas se sellan para intensificar sus azúcares; después, se sumergen en agua hasta encontrar el pH justo. Solo entonces comienza el secado lento, paciente, casi ritual. El resultado en taza es una sinfonía: granada y miel en primer plano, tamarindo y cacao como base, y un fondo de sirope de arce que deja huella. Final vinoso, cuerpo sedoso. Nada sobra.
Pero lo que convierte a The Lady Carbonic en algo más que una joya sensorial es su dimensión humana. Este café no solo nace de mujeres: nace para ellas. Con cada sorbo, se apoya un modelo de producción más justo, más consciente, más cercano. Se apoya una voz colectiva que suena fuerte desde Myanmar hasta Sevilla.
Recomendado tanto para filtro como para espresso, este café despliega su carácter en cualquier método, aunque quizás la AeroPress sea la compañera ideal para sentir su complejidad sin interferencias. Y sí, también puedes usar una Barista Pro si quieres llevar la experiencia al siguiente nivel.
The Lady Carbonic no es solo café. Es una historia contada con granos, fermentación y coraje. Y mientras existan tazas como esta, el café seguirá siendo mucho más que una bebida. Será un lugar. Un gesto. Una forma de estar en el mundo.
Entre el zumbido del dron y el soplo del viento real, hay un abismo: el que separa la vivencia de la mera herramienta.
Nunca olvidaré aquel vuelo. Madrugamos, el cielo estaba limpio y la avioneta ultraligera nos esperaba como si también ella supiera que íbamos a registrar algo único. Subí con la cámara colgada al cuello, un cosquilleo en el estómago y la certeza de que algo especial iba a pasar. El piloto —sereno, experto— me explicó cómo íbamos a sobrevolar el centro de Dos Hermanas. Desde el aire, todo adquiría otra proporción: la plaza, el edificio del Ayuntamiento, la iglesia con su torre campanario… El mundo cotidiano se transformaba en una maqueta viva bajo mis pies. Y yo allí arriba, temblando un poco por la altura, pero sobre todo por la emoción.
Recuerdo el instante exacto en que disparé la foto. No fue solo una imagen: fue el resumen de todo lo que aquel vuelo significaba. Desde entonces, esa escena ha acompañado años de trabajo, publicaciones y recuerdos. Es una fotografía que respira, porque detrás de cada píxel hay viento, conversación, decisión, riesgo y un latido.
Después llegaron los drones. Prácticos, versátiles, aunque más impersonales. Con sus permisos, sus zonas restringidas y su zumbido de insecto metálico. Sí, nos permiten seguir mirando desde arriba, pero ya no se oye el silencio del cielo ni se conversa con nadie para preparar el vuelo. Hay algo más automático, más calculado. Aun así, reconozco su utilidad. Han cambiado la manera de producir, de planificar, de mostrar.
Y luego está la imagen digital, la de la inteligencia artificial. En este caso, una recreación de la escena original: la misma plaza, los mismos edificios, pero flotando sobre una porción de tierra ficticia con letras gigantes que dicen “Dos Hermanas”. Es una imagen que no existió nunca en el mundo físico, pero que —paradójicamente— sirve para explicar lo real. No hay emoción detrás de su creación, no hubo manos en una cámara ni nervios al despegar. Pero reconozco que puede ser útil: un cartel, una metáfora, una herramienta más.
Así que sí, hay valor en ambas imágenes. Pero una nació del aire, del pulso, del instante irrepetible que viví yo mismo. La otra, de un algoritmo que no siente. Y aunque ambas se complementan, solo una me conecta con aquel día inolvidable. En tiempos de inteligencia artificial, lo humano sigue siendo el valor diferencial. No se trata de rechazar lo nuevo, sino de recordar que la emoción —esa que nos eriza la piel— sigue siendo insustituible.
En Andalucía, donde los caballos bailan sevillanas y las casetas se convierten en pequeños universos con sus propias leyes gravitatorias de alegría, hay un nuevo héroe silencioso. No viste de corto ni canta por bulerías, pero ha demostrado tener más paciencia que un santo y más capacidad que un rebujito mal servido: el aparcamiento disuasorio de Olivar de Quintos, en Dos Hermanas.
Sí, un parking. Esa palabra que, en cualquier otro contexto, evoca frustración, bocinazos y giros imposibles con espejos retrovisores temblando. Pero este no. Este es distinto. Como una buena madre, acoge sin juzgar. Como un mayordomo británico, organiza con discreción. Como un milagro logístico en plena Feria de Abril, se llena cada día y aún así sigue funcionando.
Porque mientras las sevillanas suenan y los alberos se llenan de pasos de volantes, en la sombra —literal, bajo sus marquesinas aún sin placas solares, pero con promesas ecológicas al horizonte—, este aparcamiento absorbe el caos de la movilidad metropolitana. Comenzó con 200 plazas, y como buen proyecto andaluz, ha crecido con alegría: ya van por 727 y van camino de 1.014. Porque aquí se empieza con una idea, y luego se baila hasta que encaje.
Pero la ironía no está en el número, sino en la paradoja: un espacio pensado para dejar el coche y no usarlo. En la cultura del volante eterno, del «ya aparcaré donde pueda», esto suena casi herético. Sin embargo, funciona. ¿Por qué? Porque conecta directamente con el metro de Sevilla. Es decir, se aparca en Dos Hermanas y se vive la Feria en Sevilla, sin arrastrar el coche por el infierno urbano. El sueño húmedo de cualquier urbanista.
Y lo más sorprendente no es solo su éxito logístico, sino su profundo simbolismo social. En una era donde todo parece desbordado —las ciudades, los calendarios, las emociones—, aquí tenemos un ejemplo concreto de planificación, cooperación institucional y sentido común. Una especie de unicornio administrativo que, en vez de desaparecer entre la burocracia, se llena cada día con puntualidad suiza y gracia andaluza.
Además, este aparcamiento no es solo un “hueco para coches”. Es un ecosistema en construcción, con reservas para personas con movilidad reducida, aceras de casi 900 m², sistema de drenaje y previsión para energía solar y recarga eléctrica. Es como ese invitado que llega a una fiesta ya sabiendo bailar y encima trae su propia bebida.
En resumen: el aparcamiento de Olivar de Quintos es la metáfora más inesperada de la Feria de Abril. Una oda al orden en medio del desorden festivo, un acto de civismo con sabor a albero. Porque, aunque parezca exagerado, en este rincón de Dos Hermanas se está ensayando el futuro: sostenible, práctico y —sorpresa— incluso bonito al atardecer.
Quién lo diría: en plena exaltación de la vida andaluza, el protagonista sería un suelo asfaltado y ordenado. Como si en una fiesta barroca, el que se llevara los aplausos fuera el tipo que montó las luces… y las apagó a tiempo.
Años después de aquel recordado ascenso a 2ªB que cubrí en fotografía analógica, he vuelto a vivir una experiencia muy parecida. El Dos Hermanas CF 1971 ha logrado el ascenso a Tercera RFEF tras una temporada exigente y un partido resuelto con oficio.
Volver a documentar desde dentro un momento así, ahora con otra tecnología pero con la misma pasión por contar lo que sucede en torno al equipo de mi ciudad, ha sido una forma de cerrar un círculo. En los últimos años, este club no ha parado de crecer, casi a ritmo de un ascenso por temporada. Y estar presente, cámara en mano, sigue siendo un privilegio.
¡Pero bueno, bueno, bueeeeno! 🤩 ¡Qué subidón, familia! No os imagináis la de recuerdos que se me han venido encima. ¿Os acordáis de aquel ascenso del Dos Hermanas a 2ªB que cubrí con mi cámara analógica, de carrete y todo el rollo? 🎞️ Pues agarraos, que la historia se ha vuelto a repetir, ¡y yo he estado ahí para contarlo!
El Dos Hermanas CF 1971 ha hecho una temporada de auténticos cracks y ¡PUM! 💥 ¡Ascenso a Tercera RFEF! Y claro, ahí estaba yo, cámara en ristre 📸 (esta vez digital, que los tiempos cambian 🤪), viviendo desde dentro toda la emoción, los nervios, la alegría desbordada… ¡Pelos de punta, os lo juro! 🥰
Es que es una sensación súper guay, como cerrar un círculo, ¿sabéis? Volver a sentir esa adrenalina, esa pasión por el equipo de mi ciudad… ¡es que me puede! ❤️ Ver cómo este club ha ido creciendo a lo bestia, casi a ascenso por año, es una pasada. Y poder estar ahí, capturando esos momentazos, sigue siendo un auténtico regalazo. 🎁
Ha sido una temporada de currárselo mucho y un partido final de esos que te comes las uñas, ¡pero se resolvió con oficio de campeones! 🏆
Primero Cautivo y luego Borriquita, aunque el calendario dijera lo contrario. Así viví, tras la cámara, el Domingo de la Semana Santa en Dos Hermanas.
El Domingo de Ramos en Dos Hermanas tiene dos epicentros bien marcados: por un lado, la salida de la Hermandad del Cautivo desde la Parroquia del Rocío, y por otro, la de la Borriquita desde Santa María Magdalena. Aunque el orden oficial sitúa primero a La Borriquita, mi jornada comenzó en el barrio, en la salida del Cautivo. Una decisión práctica y visual: quería aprovechar la luz aún contenida de la tarde y explorar los entornos más cercanos a la parroquia, que ofrecen una atmósfera más recogida y vecinal.
Allí me encontré con una banda entregada, afinando los últimos compases antes de comenzar. Me interesaba especialmente retratar ese momento de preparación, de concentración casi militar, justo antes de que empiece todo. La escena se completaba con el paso asomando entre los árboles, dorado, solemne, y con la figura del Señor Cautivo enmarcada entre uniformes y metales. Fotográficamente, era un juego constante entre planos: el movimiento de los músicos, los reflejos de los instrumentos y los detalles de la escena religiosa al fondo. La cercanía del barrio aporta mucho: rostros conocidos, saludos espontáneos, una implicación natural con lo que sucede.
Cuando terminé ese bloque, me desplacé hacia el centro, buscando una calle que para mí representa bien a La Borriquita: Santa María Magdalena. Allí ya había ambiente, con muchas familias y niños vestidos para la ocasión. El cortejo infantil de esta Hermandad tiene un peso visual innegable. Busqué escenas que hablaran no solo de la tradición, sino de cómo se vive: una niña que cruza entre nazarenos, palmas que se elevan por encima de cabezas, costaleros ajustándose las fajas, miradas desde los balcones. Es un tipo de fotografía que se mueve entre la espontaneidad y la estructura, porque hay que estar atento, pero también prever el recorrido.
Lo interesante de cubrir ambas procesiones el mismo día es el contraste. Desde la sobriedad y los matices lumínicos del Cautivo hasta la energía más festiva y familiar de La Borriquita. Desde los bloques y calles del extrarradio al corazón del casco urbano. Son dos registros distintos dentro de una misma jornada, y como fotógrafo, me interesa mostrar ese doble lenguaje: el de la puesta en escena y el del contexto que lo rodea.
Salida procesional de la Hermandad Humildad y Pilar en Montequinto bajo la luz del atardecer
El barrio de Montequinto vivió este Sábado de Pasión una tarde para el recuerdo con la salida procesional de la Hermandad de la Humildad y el Pilar, que por primera vez lo hacía la imagen de Santiago Apóstol acompañando en su paso al Cristo de la hermandad quinteña. La jornada, marcada por la incertidumbre meteorológica durante todo el día, se resolvió con suerte a favor: las lluvias no hicieron acto de presencia y la procesión pudo salir, iluminada por una espectacular caída de sol.
Desde las puertas de la Parroquia de Nuestra Señora de los Ángeles y San José de Calasanz, los titulares de la hermandad —Nuestro Padre Jesús de la Humildad en Getsemaní, Nuestra Señora del Pilar en su Mayor Dolor y Gloria, y Santiago Apóstol— comenzaron su recorrido a las 19:00 horas. Fue un momento especialmente significativo, cargado de emoción y simbolismo, tanto para los hermanos como para los vecinos que esperaban con expectación.
La luz dorada del atardecer realzó cada detalle de la escena: los bordados, los cirios, las túnicas y los rostros de un barrio volcado con su cofradía. La presencia del público fue masiva, reflejo del respaldo vecinal a esta corporación de nueva constitución en 2023, y que sigue avanzando como hermandad tras años de esfuerzo y crecimiento.
Montequinto respondió con fervor y cercanía, creando un marco perfecto para una tarde de recogimiento y celebración. La procesión, aunque no la fotografié de noche en esta ocasión, bastó con la luz del crepúsculo para capturar imágenes cargadas de espiritualidad y belleza, que quedarán para siempre en la memoria visual y emocional de este barrio nazareno.
Una jornada histórica, no sólo para la Hermandad de la Humildad y el Pilar, sino también para un barrio que, en su apoyo y presencia, confirmó su papel como protagonista indispensable de esta nueva página de la Semana Santa en Dos Hermanas.
Un recorrido visual por la belleza inadvertida de Dos Hermanas, donde la rutina urbana se convierte en poesía silenciosa.
En la aparente rutina de sus calles, Dos Hermanas esconde escenas que revelan su alma con una belleza discreta. Un paseo atento, cámara en mano y mirada despierta, basta para descubrir cómo lo cotidiano puede adquirir un tono poético, casi cinematográfico. La ciudad se transforma en un escenario donde lo simple cobra protagonismo: una zancada solitaria, una señal desgastada, un rayo de sol sobre el ladrillo.
Entre fachadas simétricas y plazas escondidas, la arquitectura urbana dialoga con el entorno. Una pared de ladrillo amarillo, una puerta metálica que guarda su silencio, bloques de ventilación que filtran la luz como un mosaico y la rama verde de un naranjo que suaviza las líneas rectas. En estos detalles aparentemente triviales se dibuja la armonía de lo ordinario, esa que a menudo pasa desapercibida hasta que alguien decide mirar con otros ojos.
Las casualidades también juegan su papel: una transeúnte, un poste de luz y una fachada granate componen, por un instante, una imagen fugaz y perfecta. Es una coreografía urbana no ensayada, una escena detenida que habla de la vida diaria, con sus pasos apresurados, sus coches estacionados y su fondo de ventanas cerradas.
El paseo concluye en una avenida tranquila donde la rutina se vuelve refugio. Un hombre mayor y su perro caminan bajo la sombra redondeada de los naranjos, rodeados de edificios que enmarcan un pequeño parque improvisado. La imagen, sencilla y serena, refleja ese ciclo silencioso que estructura el día a día de una ciudad viva, aunque pausada.
Así, Dos Hermanas se revela como un espacio que guarda poesía en sus rincones. No es necesario buscar grandes gestos para encontrar belleza: basta con detenerse, observar y dejar que la ciudad hable en sus propios silencios.