Feria, farolillos… y frenada a tiempo – el inesperado protagonista de la Feria de Abril en Dos Hermanas

En Andalucía, donde los caballos bailan sevillanas y las casetas se convierten en pequeños universos con sus propias leyes gravitatorias de alegría, hay un nuevo héroe silencioso. No viste de corto ni canta por bulerías, pero ha demostrado tener más paciencia que un santo y más capacidad que un rebujito mal servido: el aparcamiento disuasorio de Olivar de Quintos, en Dos Hermanas.


Sí, un parking. Esa palabra que, en cualquier otro contexto, evoca frustración, bocinazos y giros imposibles con espejos retrovisores temblando. Pero este no. Este es distinto. Como una buena madre, acoge sin juzgar. Como un mayordomo británico, organiza con discreción. Como un milagro logístico en plena Feria de Abril, se llena cada día y aún así sigue funcionando.

Porque mientras las sevillanas suenan y los alberos se llenan de pasos de volantes, en la sombra —literal, bajo sus marquesinas aún sin placas solares, pero con promesas ecológicas al horizonte—, este aparcamiento absorbe el caos de la movilidad metropolitana. Comenzó con 200 plazas, y como buen proyecto andaluz, ha crecido con alegría: ya van por 727 y van camino de 1.014. Porque aquí se empieza con una idea, y luego se baila hasta que encaje.

Pero la ironía no está en el número, sino en la paradoja: un espacio pensado para dejar el coche y no usarlo. En la cultura del volante eterno, del «ya aparcaré donde pueda», esto suena casi herético. Sin embargo, funciona. ¿Por qué? Porque conecta directamente con el metro de Sevilla. Es decir, se aparca en Dos Hermanas y se vive la Feria en Sevilla, sin arrastrar el coche por el infierno urbano. El sueño húmedo de cualquier urbanista.

Y lo más sorprendente no es solo su éxito logístico, sino su profundo simbolismo social. En una era donde todo parece desbordado —las ciudades, los calendarios, las emociones—, aquí tenemos un ejemplo concreto de planificación, cooperación institucional y sentido común. Una especie de unicornio administrativo que, en vez de desaparecer entre la burocracia, se llena cada día con puntualidad suiza y gracia andaluza.

Además, este aparcamiento no es solo un “hueco para coches”. Es un ecosistema en construcción, con reservas para personas con movilidad reducida, aceras de casi 900 m², sistema de drenaje y previsión para energía solar y recarga eléctrica. Es como ese invitado que llega a una fiesta ya sabiendo bailar y encima trae su propia bebida.

En resumen: el aparcamiento de Olivar de Quintos es la metáfora más inesperada de la Feria de Abril. Una oda al orden en medio del desorden festivo, un acto de civismo con sabor a albero. Porque, aunque parezca exagerado, en este rincón de Dos Hermanas se está ensayando el futuro: sostenible, práctico y —sorpresa— incluso bonito al atardecer.

Quién lo diría: en plena exaltación de la vida andaluza, el protagonista sería un suelo asfaltado y ordenado. Como si en una fiesta barroca, el que se llevara los aplausos fuera el tipo que montó las luces… y las apagó a tiempo.

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