La sombra también pasea conmigo

Me gusta pasear y, sobre todo, me gusta hacerlo sin prisa. Salir a caminar por mi ciudad es una forma de estar, de volver a mirar lo que siempre ha estado ahí. A veces el paseo me lleva lejos; otras, apenas a la vuelta de la esquina. Da igual. Lo importante ocurre cuando bajo el ritmo y dejo que la mirada se adelante a los pasos. En este caso fue un muro. Un muro blanco, sencillo, casi invisible para quien pasa deprisa. Pero la luz decidió jugar y las sombras dibujaron otra cosa: un árbol que no estaba, una arquitectura efímera hecha de ramas proyectadas, de tiempo detenido. Me quedé ahí un rato, corroborando que lo cotidiano también se transforma si lo miras despacio. El paseo, más allá de lo saludable, es una excusa para redescubrir estos pequeños acuerdos entre la luz y las superficies, entre el cielo cambiante y las texturas más humildes. Fotografiarlo no es coleccionar imágenes, es confirmar que sigo presente, atento, dispuesto a dejarme sorprender por lo simple.

Deja un comentario