
La Pasarela Cristo de la Presentación tiene historia y muchas historias que contar. Hay días en los que se convierte en protagonista y otros en los que permanece como un testigo discreto de lo que sucede sobre él. En estas fotografías no hay una multitud ni una procesión. Solo algunas personas cruzando, coches aparcados y una estructura que parece esperar en silencio.
La luz dura organiza las tres imágenes. El blanco de los muros y las cubiertas queda separado por sombras profundas, mientras el cielo y los reflejos de los coches introducen un azul casi eléctrico. Decidí mantener a las personas pequeñas dentro del encuadre, como figuras que atraviesan un escenario mucho mayor. Los troncos, las señales, las carrocerías y la propia pasarela construyen distintos niveles y obligan a mirar varias veces antes de recorrer la imagen completa.

En Semana Santa, esta misma Pasarela Cristo de la Presentación cambia de escala. El Lunes Santo se convierte en una de las estrellas del día simplemente por estar ahí: deja paso a la procesión y recibe a miles de personas que la ocupan y la rodean. Aquí ocurre lo contrario. Hay silencio, luces y sombras, pero casi puedo notar todavía el rugido formado por la suma de todos aquellos murmullos. No es la primera vez que un puente me interesa como escenario; en Bajo el puente, entre luces y sombras el espacio también guardaba la memoria de quienes lo atravesaban.

Eso es lo que me atrae de volver a fotografiar un lugar conocido. La arquitectura no cambia demasiado, pero su función y su carácter dependen de quién lo ocupa, de la luz y del momento. Hoy el puente no necesita hacer nada para contar algo. Está vacío, casi inmóvil, y aun así las fotografías dejan sitio para imaginar todo lo que ha visto y todo lo que volverá a escuchar.

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