El Viernes Santo llega siempre con una expectativa acumulada. Y la Amargura no decepciona. Este año la tarde se presentó con una claridad excepcional —de esa que no perdona ni ayuda a esconderse— y el resultado fue una procesión donde cada relieve, cada gesto y cada mirada quedó expuesto con una nitidez que se agradece.
Eso es lo que hace que la fotografía de Semana Santa sea un género exigente. No hay escenografía que compense lo que no está. Cuando la hermandad trabaja bien —los bordados, los pasos, el paso a compás— la imagen lo recoge. Cuando no, tampoco hay filtro que lo arregle.
La Amargura trabaja bien. Lo que más valoro de esta hermandad es la coherencia entre el trabajo interno y lo que muestra en la calle. Nuestra Semana Santa tiene ese nivel en muchas de sus hermandades, y eso no es casual: es cultura acumulada durante décadas.
Un Viernes Santo que no olvidaré. Ni la tarde ni la luz ni lo que encontré en el visor.

















