Un amigo mío lo dice siempre: un concierto en directo siempre mola. Tiene razón. No falla.
Ayer estuve en el Astoria, viendo a Sandi and the Shoes. Los temas ochenteros me llegaron especialmente (supongo que son los que más me hablan, los que me tocan donde toca), pero lo que de verdad me quedó fue otra cosa: el mérito de defender un repertorio variado y difícil en una sala. Sin la logística inteligente de los grandes espacios, sin la tramoya, sin ese colchón técnico que lo suaviza todo. Aquí no hay nada de eso. Solo músicos y gente. Y Sandi con el grupo lo hicieron con oficio.
Eso tiene un valor que no siempre se ve. En un gran concierto todo está tan afinado, tan diseñado, que casi no hay margen para el mérito real. En una sala, todo se nota. Y ayer se notó bien.
Me tomé una coca-cola. Escuché instrumentos en directo. Escuché una voz en directo. En mi pueblo, en uno de sus barrios. Sin trámites, sin todo lo que rodea a lo ordinario. Para mí eso es un lujo.
Gracias a Sandi y al grupo. Y gracias a los locales que siguen con esto, que defienden esta bendita costumbre. Os dejo por aquí algunas fotos.















