Dos horas y media con el cuchillo. Y sin comer.

Hay trabajos que desde fuera parecen tranquilos. El cortador de jamón es uno de ellos. Hasta que lo ves en competición.

Estuve en Casa Frasco el viernes por la noche cubriendo el I Concurso Nacional de Cortadores de Jamón. Seis profesionales de la Liga Nacional, un local lleno, puntuación en tiempo real y los criterios de siempre: presentación, aprovechamiento, textura, uniformidad del corte. Dos horas y media larga de competición. Con el público encima. Con la presión del marcador.

Yo no aguantaría ni la mitad, yo no aguanto eso ni comiendo sólo.

Pilar Alba se llevó el título —la única mujer del cartel—, en una final muy ajustada y el resto de participantes. Pero lo que me quedó de la noche no fue solo el resultado. Fue ver el nivel de concentración que exige ese trabajo cuando se hace bien y bajo presión. La postura, el ritmo, la decisión de cada pasada. Todo tiene un porqué que no se aprecia desde la barra del bar, o en un salón de celebraciones o cualquier sitio donde ofrezcan su servicio.

Me pasa con muchos oficios cuando los fotografío de cerca: el carpintero, el sastre, el cocinero en pase. Entran en una especie de estado que, desde fuera, confundes con facilidad. No es facilidad. Es maestría.

Casa Frasco, que lleva en pie desde 1969, puso el marco y acertó con el formato. Ojalá haya segunda edición. El jueves había pocas dudas al respecto.

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