Hay actos que fotografías una vez. Y hay actos que te van cambiando a base de repetirlos.
Quinientas personas mayores llenaron el Parque Municipal La Alquería para la jornada deportiva de las Escuelas Municipales. Bailes, juegos cooperativos, puntería, actividades tradicionales. El Ayuntamiento había organizado un dispositivo amplio y la mañana acompañó.
Yo estaba allí con la cámara, como tantas otras veces. Cobertura institucional. Capturas que luego servirán para comunicar, para archivar, para justificar que esto ocurrió y valió la pena.
Pero en un momento, entre un encuadre y otro, vi a Nico. Mi hijo, en sus prácticas. En su posta. Coordinando, guiando, respondiendo. En lo suyo. Hay una diferencia entre ver a alguien trabajar y verle en su sitio. Eso segundo lo vi.
No dije nada. Hice alguna foto, claro. Pero lo que me quedó fue otra cosa: la confirmación de que el aprendizaje no se acaba. Ni el suyo, que está empezando. Ni el mío, que lleva más de treinta años y sigue abriendo preguntas. Me lo dijo sin decirlo, concentrado en lo que estaba haciendo.
Hay jornadas de trabajo que también son otra cosa. Esta fue una de ellas.
Hay miradas que cuentan historias. Relatan noches de sacrificio, el peso de la gloria y el hambre insaciable de un futuro que aún está por escribir. Esa es la mirada que me encontré al otro lado de mi objetivo al retratar a Rafael «Falito» Acosta, el ídolo de Dos Hermanas que ya ha conquistado el respeto de toda Sevilla y apunta, sin complejos, al resto del mundo.
Más allá de los guantes, los focos del ring y los cinturones que con tanto orgullo luce, en esta sesión quise capturar al hombre detrás del campeón. Y lo encontré. He tenido el placer de fotografiar a un Falito que ha madurado. Su mirada es más profunda, más serena, la de alguien que conoce el sabor del triunfo y la soledad del entrenamiento. Es la mirada de un rey que empieza a ser consciente de su propio legado.
Pero que nadie se equivoque. Esa madurez no le ha robado ni un ápice de su identidad, de esa chispa y esa fotogenia innata que lo convierten en un imán para la cámara. Durante toda la sesión, su talante fue extraordinario. Detrás del «Rey Gitano», del púgil implacable, hay un joven con un respeto y una humildad que engrandecen aún más su figura.
Estas fotografías son el testimonio de un momento clave: el de un campeón que asume su corona, pero que mantiene los pies en el suelo y la vista en el horizonte. Ha sido un auténtico placer y un honor poner mi cámara al servicio de su historia.
El viaje de Falito no ha hecho más que empezar, y esta es la mirada con la que se prepara para conquistar el mundo.
Hay momentos en los que el cielo decide regalar instantes únicos que nos recuerdan la belleza sencilla que nos rodea. Hoy quiero compartir uno de esos momentos capturados en Dos Hermanas, donde un arcoíris espectacular apareció inesperadamente, dejando una escena digna de admiración.
La tarde se vestía de nubes grises y luces doradas, creando un escenario perfecto para la aparición de un vibrante arcoíris que parecía unir la tierra y el cielo. Observando las imágenes, vemos cómo este fenómeno natural se convierte en el protagonista indiscutible, atravesando el cielo con una precisión sorprendente.
En primer plano, un árbol solitario resalta ante el impresionante arcoíris que, como un trazo artístico, dibuja una curva perfecta que invita a reflexionar sobre la belleza efímera y la importancia de disfrutar del presente.
En una parada de autobús, unas jóvenes observan maravilladas y aprovechan para fotografiar este espectáculo, deteniendo brevemente la vida cotidiana para admirar algo extraordinario en medio de lo ordinario.
Finalmente, una fotografía especialmente significativa muestra a mi hijo Nico, a quien invité a salir del coche para vivir este momento único en toda su plenitud. Frente a él, un cartel anuncia «Europa invierte en talento», creando una imagen llena de simbolismo, recordándonos que la verdadera riqueza está también en disfrutar intensamente de estos momentos inesperados que nos ofrece la naturaleza.
Estos pequeños grandes instantes, como el paso fugaz de un arcoíris en Dos Hermanas, merecen ser valorados, guardados y compartidos. Porque son estos momentos los que verdaderamente nos enriquecen.
En algún momento de nuestras vidas, todos enfrentamos el vértigo de querer abarcar demasiado. Proyectos, compromisos, metas… Pero fue cuando decidí simplificar, centrarme en lo esencial y dejar de lado lo que no aportaba valor, que descubrí algo revelador: «menos es más» no es solo una frase, es una forma de vivir con intención.
Recuerdo un día reorganizando mi escritorio. Al deshacerme de papeles acumulados y objetos inútiles, sentí que, con cada cosa que desaparecía, ganaba algo más valioso: espacio mental, claridad, calma. Este ejercicio físico tuvo un impacto directo en cómo gestionaba mi tiempo y energía. Lo mismo ocurrió con mi agenda: decir «no» a compromisos innecesarios fue decir «sí» a aquello que realmente importa.
La belleza de la simplicidad radica en su poder para devolvernos lo esencial. Aplicarlo no es fácil, pero los resultados son transformadores: menos ruido, más conexión; menos distracciones, más propósito. Hoy, cada decisión que tomo pasa por esta pregunta: ¿realmente suma a mi vida o solo la llena?
Less is More – La Belleza de la Simplicidad
En un mundo cada vez más saturado de estímulos, información y tareas, el concepto de «menos es más» cobra una relevancia profunda. Esta frase, atribuida al arquitecto Ludwig Mies van der Rohe, nos invita a repensar la manera en que enfocamos nuestras vidas, nuestro trabajo e incluso nuestras relaciones.
La simplicidad no es sinónimo de carencia, sino de enfoque. Al eliminar lo superfluo, podemos concentrarnos en lo esencial, aquello que realmente aporta valor. En diseño, esto se traduce en piezas limpias y funcionales. En la vida, significa priorizar lo que nos llena de propósito y alegría.
Hoy, más que nunca, simplificar es un acto de resistencia. Es decir «no» al ruido para abrir espacio a la claridad. Es elegir calidad sobre cantidad. Es demostrar que, a veces, restar es la única manera de sumar.
¿Qué áreas de tu vida podrían beneficiarse de esta filosofía? Quizás es momento de aplicar el «menos es más» en tus proyectos, tus hábitos o tu tiempo.
Mi amigo Currito, que a sus 80 años ha acumulado una sabiduría difícil de encontrar hoy en día, me confesó hace poco que su mayor éxito en la vida ha sido aprender a pensar. Antes de tomar una decisión, dedicaba horas, incluso días, a reflexionar. Hoy, ese tiempo para el pensamiento parece haber desaparecido, reemplazado por una urgencia constante de consumir y reaccionar. Lo que Currito hace de manera instintiva –darle espacio a las ideas para asentarse– es lo que hemos perdido en esta era de redes sociales, donde nuestras mentes, atrapadas en el «brain rot», han reducido su capacidad de procesar y resignificar el mundo. Ya no caminamos con nuestros pensamientos; scrolleamos para evitar el silencio.
Esa inmediatez nos ha llevado a un punto crítico: el deterioro cognitivo no es solo una metáfora, es una realidad. Al no darnos el tiempo para pensar, debatir o imaginar, estamos perdiendo algo más que palabras; estamos perdiendo la capacidad de comprendernos a nosotros mismos y a los demás. Lo noto en mí y en quienes me rodean. Estamos agotados, saturados, atrapados en ciclos de consumo que no nos permiten conectar con el presente ni tomar decisiones conscientes. Sin ese espacio para la reflexión, nos volvemos reactivos, frágiles, incapaces de ver más allá del algoritmo.
Hoy, más que nunca, debemos recuperar el arte de pensar. No es un lujo, es una necesidad. Desconectarnos de la sobrecarga de estímulos, dedicar tiempo a lo esencial: caminar, leer, conversar, simplemente estar. Currito me recuerda que las grandes decisiones de la vida no se toman en un clic, sino en el espacio entre la duda y la certeza. Ese espacio es donde reside nuestra humanidad, y recuperarlo es la única forma de resistir a esta pandemia invisible que amenaza con borrar todo lo que nos hace verdaderamente humanos.
Terminar el año con una caminata reflexiva se ha convertido en una especie de ritual. Esta vez sentí la necesidad de caminar para desatascar un pensamiento que llevaba días, quizá semanas, anquilosado. Un problema laboral, de esos que frente al ordenador parecen insalvables, pero que con cada paso dado al aire libre se va desvaneciendo como si nunca hubiera sido tan complejo.
Salí a las tres y algo de la tarde, una hora oportuna y calmada, cuando el entorno parecía en pausa. Esa tranquilidad fue clave, permitiéndome conectar conmigo mismo y relajar mi mente. Fue como si el simple acto de caminar, de avanzar físicamente, también moviera los engranajes internos que se habían atascado.
En el camino, tuve un encuentro inesperado: una chica haciendo yoga en medio de la nada. Vestía unas mallas rosas y una camiseta blanca, y su presencia, tan serena y ajena al mundo, me pareció casi una metáfora de lo que buscaba en esa caminata. Fue un instante breve, pero dejó huella. Inspiración en su forma más inesperada.
Además, los paisajes que me rodearon fueron igualmente especiales. Las nubes, que parecían acompañarme en ese recorrido, crearon un ambiente único. En un momento del trayecto, me encontré con una réplica del pebetero olímpico, algo completamente inesperado pero curioso, como si también quisiera recordarme la importancia de las metas y los logros.
Al final, la conclusión llegó. Lo que parecía imposible sentado frente al ordenador, se resolvió caminando bajo el cielo abierto. Esa caminata no solo desatascó un pensamiento, sino que reafirmó algo que ya sabía: a veces, la mejor solución es moverse, salir, respirar y dejar que el ritmo de los pasos ordene el caos interno.
Por último, dejo abajo una lista con las músicas que causaron algún impacto alternativo también:
Llevo dos días reflexionando sobre las noticias de subidas radicales en los precios del café de especialidad, y reconozco que me inquieta. Descubrí esta pasión hace poco, y ya estoy empezando a disfrutar de las complejidades que cada taza puede ofrecer. La tentación me persigue, especialmente con propuestas como la de Cafeshi para diciembre: variedades únicas como el Excelsa de India, procesado anaeróbicamente, con notas de eucalipto y pera, o la rara Papayo de Colombia, con su historia de mutación genética y cerezas de color naranja.
Este tipo de suscripciones me permiten explorar este universo, pero me pregunto si podrán seguir siendo accesibles si los precios se disparan. Es un dilema que pone a prueba mi amor por este mundo tan exquisito y diverso.
Cada amanecer y atardecer, el cielo se convierte en un lienzo vivo que despliega una paleta de colores y formas majestuosas. Desde la comodidad de mi hogar, tengo la fortuna de presenciar estos momentos mágicos donde la naturaleza pinta el horizonte con tonos cálidos y nubes dramáticas, regalándome una vista que nunca deja de inspirar.
Esta mañana me he levantado con una vista que parecía sacada de un sueño: una luna nítida y resplandeciente en pleno cielo azul, rodeada de delicadas nubes dispersas. La escena resultaba casi mágica, como si la luna se resistiera a dejar la noche atrás, pausada en el cielo mientras el día comienza a tomar su lugar.
Las nubes, esponjosas y ligeras, se despliegan a lo largo del cielo, creando un marco perfecto para la luna, que parece observarnos desde su lugar privilegiado. Este tipo de fenómenos, aunque comunes, no dejan de recordarnos lo maravillosa que es la naturaleza. A veces no hay que esperar la noche para disfrutar de la luna en todo su esplendor.
La claridad del día contrasta con la suave luz lunar, brindándonos una imagen serena y tranquilizadora. Sin duda, un despertar perfecto para comenzar el día con calma e inspiración.
Este tipo de experiencias nos invitan a detenernos por un momento y apreciar los pequeños detalles que nos rodean, esos que a menudo pasamos por alto. ¡Hoy la luna me ha regalado un instante único!.
El pasado sábado 26 de octubre, tuve el privilegio de asistir a un emotivo homenaje al maestro Fulgencio Morón Ródenas. Como profesional de la comunicación y fotógrafo con 30 años de experiencia, este evento tuvo un significado especial para mí, ya que he tenido la fortuna de seguir de cerca parte de la trayectoria de este gran músico y compositor de mi ciudad.
La Banda de Música de Dos Hermanas Santa Ana presentó su último trabajo discográfico, dedicado íntegramente a la obra de Fulgencio Morón. Este acto no solo celebró su música, sino que también marcó un hito en mi carrera profesional, recordándome uno de mis primeros encargos hace casi tres décadas: retratar al maestro en su propia casa.
A lo largo de mi carrera, he tenido numerosas oportunidades de coincidir con el maestro Morón en el teatro, conciertos y diversos eventos culturales. Cada encuentro ha sido un testimonio de su amabilidad y humildad, cualidades que han permanecido intactas con el paso del tiempo.
Un disco que inmortaliza una carrera
El álbum «Fulgencio Morón Ródenas» recoge 12 composiciones del maestro, incluyendo marchas procesionales y pasodobles. Entre las piezas más destacadas se encuentran «Cristo en la Alcazaba», su primera y más característica marcha compuesta en 1980, y «A Santa Ana», dedicada a la patrona de Dos Hermanas.
Nacido en Las Cabezas de San Juan en 1929, Fulgencio Morón cumplirá 95 años el próximo 2 de noviembre. Su impresionante trayectoria incluye haber sido clarinete en la Banda Municipal de Sevilla, miembro de la Orquesta Bética Filarmónica y director de la Agrupación Musical Nazarena.
Durante el concierto, se anunció que la escuela de música de la Banda de Santa Ana llevará el nombre de «Fulgencio Morón». Además, el alcalde de Dos Hermanas, Paco Rodríguez, reveló que la futura Casa de la Música de la ciudad también llevará el nombre del maestro.
Como testigo de algunos momentos de su carrera, puedo afirmar que ha sido un privilegio poder vivir de cerca la aportación de Fulgencio Morón a la música. Su dedicación, talento y humildad han sido una constante inspiración no solo para los músicos, sino para todos los que hemos tenido la suerte de cruzarnos en su camino.
Este homenaje no solo celebra la extensa carrera de Fulgencio Morón, sino que también asegura que su legado musical perdurará para las generaciones futuras. Como profesional que ha documentado parte de su trayectoria, puedo decir que su música, al igual que su calidez humana, seguirá resonando en Dos Hermanas, Sevilla y más allá por muchos años venideros.